Los testigos

-El Mendigo-

Grita, pide ayuda, es lo único que podía pensar el pequeño Miguel, pero estaba congelado, no podia moverse.

Aquel sabado por la mañana fue como otro cualquiera. Miguel, un chiquillo de 7 años se había levantado al alba para ayudar a su padre con las labores del campo y se disponia para ir a su casa a comer con su madre. Era un niño alegre, a pesar de conocer a su tierna edad lo dura que puede ser la vida de quien no tiene un real para poder comer todos los días.

Iba caminando tranquilo por las pequeñas calles de la ciudad cuando alguien le agarró con fuerza un tobillo, haciendo que casi se cayera de bruces. Como pudo se giró y vio… Vio… Lo más dantesco que podia imaginar, un mendigo ensangrentado le sujetaba la pierna en un último acto de pedir socorro. El muchacho se quedó helado y de pronto una sobra le empujó y calló al suelo. No pudo ver nada, no sabía que pasaba. Como pudo se armó de valor y se aproximó al cuerpo inerte que yacía en la calle, lo movió y se dio cuenta de que estaba muerto, lleno de heridas y… Y… Con la lengua practicamente cortada que aun pendia de un hilo en su boca.

Al fin pudo gritar, fuerte, tan fuerte como le permitía su pequeña garganta.

El alguacil llegó al cabo de unos pocos segundos, segundos que a Miguel le parecieron años. El hombre al ver aquella imagen solo acertó a abrazar al pequeño y preguntarle que habia pasado. Miguel entre sollozos solo pudo acertar a decir “la sombra”.

Como pudo el alguacil, despues de dar la voz de alarma en la ciudad, se lo llevo al cuartelillo para que se tranquilizara e intentara arrojar luz sobre lo ocurrido.

-La Familia-

María era una joven de 12 años, con la cabeza alocada, como suele pasar con las chicas de su edad que no han tenido que preocuparse por nada mas que de atender a sus clases de bordado y aprender a ser una buena esposa.

Aquella mañana habia echado en falta a su amiga Ana, de echo, pensó, hacia dos dias que no la veia, lo cual era raro ya que vivia en la casa de al lado con su familia y siempre sacaban tiempo para jugar y hablar sobre los mozos de la ciudad, imaginandose como seria su vida.

Aburrida Maria decidio ir a su casa, al llegar nadie la abrió la puerta y decidió pasar por la ventana de atrás que cerraba mal, ers uno de sus juegos favoritos que tenia con Ana. Sin pensarlo dos veces se coló en la casa y la llamó , solo se escuchó maullar a la gata en el comedor, cuando la muchacha llegó a la habitación deseó no haber ido nunca, su corazon se paro y noto temblar sus piernas.

La escena que observo era aterradora, la familia estaba sentada en la mesa al completo, la cena estaba servida, pero jamás fue probada.

En su cabeza solo resonaban las palabras “muertos, estan todos muertos” como si fuera un muñeco Maria se dio media vuelta, salio de la casa y al llegar a la calle se desmayó.

Una criada la vio y corrio hacia ella, como pudo la desperto y Maria comenzó a gritar palabras sin sentido, muertos!!! Muertos!!! Sus ojos!!! La gata se los comía!!! La criada horrorizada pidió ayuda y un alguacil corrió hacia ella.

Echaron la puerta de la casa abajo, y cuando entraron… No podian creer lo que veian, como si de un cuento macabro se tratase la familia estaba sentada a la mesa, asesinados, atados a las sillas, les habian sacado los ojos y puesto en un plato del cual la gata se habia alimentado, sus lenguas… Habian sido obligados a morderselas y pendian de un hilo de sus bocas, todo era sangre, el olor era nauseabundo. Entre todo ese horror una de las personas que entraron encontró un papel pinchado en la pared con una navaja llena de sangre.

-Quien esté libre de culpa que tire la primera piedra-

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El Juez

Todos conocemos esa sensación de falsa seguridad cuando estamos en nuestro hogar, cuando tenemos poder y cuando tenemos todo bien atado.

Fue una noche fria, una fuerte tormenta se cernía sobre la ciudad, las calles oscuras producían sinuosas siluetas sobre los charcos de las calles por las que no se movia ni un alma.

Depronto un fuerte grito de terror se oyó en una de las casas cercanas a la catedral, Maria, la sirvienta de la casa de una de las familias más adineradas acaba de encontrar a su señor tendido en el suelo, su boca estaba totalmente desencajada, sus carrillos totalmente desgarrados se antojaban como una mueca de burla y terror

El veredicto de los alguaciles fue claro, habia sido torturado con la pera de la angustia, desencajando su boca hasta desgarrarla. Pero como? Las puertas y ventanas estaban cerradas e intactas, nadie podria haber entrado o salido sin que la criada se enterara.

Este echo se unía a una serie de asesinatos acontecidos meses atras y la idea de un asesino en serie, en una ciudad tan pequeña, no salia de la mente de los habitantes de Ávila, la gente se miraba con recelo, donde antes habia risas y musica ahora no se escuchaba nada más allá del ruido tipico de los quehaceres y las revueltas entre los vecinios comenzaron a ser habituales. El miedo se apoderaba de los habitantes y sobre ellos se cernia la sombra oscura de la muerte.

Esta mañana se ha hecho publico un bando ofreciendo una recompensa a quien arroje luz sobre los hechos y una recompensa aun mayor para quien presente la cabeza del asesino en bandeja.

Irene Adler Spinelli

No debes entrar

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-sigue andando muchacho, no te quedes mirando- Dijo su madre, al mismo tiempo que tiraba fuerte de su brazo.

Manuel intentó zafarse, pero la mano de su madre aferraba su brazo con firmeza. Cualquier día me arranca el brazo, pensó.

Manuel era un chiquillo curioso, demasiado para el gusto de su madre y a sus 9 años alegraba a quien se cruzara con el regalando una enorme sonrisa.

Sabía que no podía acercarse a esa casa, que después de la tragedia que allí tuvo lugar, cuando el aún era un bebé, la familia no volvió a ser la misma. Aquella triste noche fue tal el horror que se vivió que nadie pudo olvidarlo.

Todo ocurrió una fría noche de invierno. Sin saber cómo la casa de la familia Castañar comenzó a arder con una gran ferocidad. Como si el mismísimo diablo azotase esas llamas. La familia a duras penas consiguió salir, o eso pensaron todos. Cuando parecía que el peligro había pasado un fuerte alarido de dolor salió del interior de la casa, helando la sangre en las venas de todos los vecinos que habian acudido al auxilio de la familia. Javier, el hijo mediano de la familia se había quedado atrapado.

Después de ese momento la familia cambió, no como cabria esperar, reuian de los vecinos, no dejaban que nadie se acercara a la casa, por las noches salian olores fuertes de la chimenea, Cesar, el hijo pequeño dejó de salir y con el tiempo se dejó de ver a toda la familia.

Manuel sabía todo esto, pero como buen crío pensaba que todo era una exageración de los mayores que solo quieren asustar a los pequeños como él, bueno a los pequeños, ¡el ya tenía 9 años! Se dijo orgulloso.

Llegó la noche y el pequeño Manuel jugaba en el patio con una pelota. Una mala patada hizo que saliera volando del patio y fue a parar a la puerta de la casa… De los Castañeda. Si su madre lo hubiera visto automáticamente se habría quedado sin balón a sí que decidió salir de puntillas en su rescate.

Todo fue según lo previsto, en la casa estaban liados con la cena, ni lo notaron.

¡Bien! Pensó el niño. En ese momento notó un susurro tras el, se giró pero no vio nada. No pudo evitar estremecerse. Decidió coger la pelota y volver. Al agacharse la puerta de la casa se abrió. Intentó correr pero sus pequeñas piernas estaban clavadas en el suelo.

-¿Y tú eres el mayor y valiente?- Se dijo a sí mismo- Vamos, entra, verás como no pasa nada.

Como pudo caminó hacia la puerta y entró. Todo era oscuridad. Parecia que hacía siglos que nadie pisaba por allí, pero las brasas aún humeaban en la chimenea. Una idea cruzó por su cabeza, ¡vete ya! Y echó a correr pero algo le agarró la pierna y calló de bruces. Al mirar su pierna vio una mano que salía de una rejilla en la pared. Gritó todo lo alto que pudo pero una voz le respondió.

-¡No, no, calla! ¡La vas a despertar! ¡Socorro, ayudame! Soy César.

-¿Cómo? ¿Que está pasando?

-Cuando ocurrió todo y mi hermano murió madre cambió, andaba por las noches por la casa murmurando, se encerraba en la habitación por horas y empezaron a pasar cosas horribles.

-¿que cosas? – Dijo Manuel mientras se acercaba a la puerta, si es que se podía llamar así, pero deseó no haberlo hecho nunca.

Lo que vio… Lo que había… Era una pequeña habitación, llena de animales muertos a mordiscos, un cuerpo de una persona, tenia el cuerpo desgarrado y los brazos ya no tenian carne y… Y… César , una criatura con la piel blanquecina de tanto tiempo sin ver el sol, los ojos hundidos, le faltaba pelo, como si se lo hubiera arrancado de la desesperación y… Su boca, manchada de sangre, llena de restos de carne y con heridas llenas de gusanos.

Manuel se maldijo, ojalá hubiera sido obediente, así al menos no moriría esa noche.

-Lo siento muchacho, ojalá nunca hubieras entrado- Una sonrisa malévola se dibujó en el rostro de César , dejando a la vista unos colmillos afilados- Verás, mi madre se volvió loca, una noche no pude más con sus lloros y la estrangulé con mis manos. No puedo describir la sensación de placer que me invadió, pero ese acto me trajo dos problemas más, padre y mi hermano mayor, Marcos. Resolví que debían tener el mismo final, a padre lo esperé en la mesa, sentado. Deberías haber visto su cara al sentarse a cenar y ver el cuello de madre roto. Supe que ese era el momento, agarré un cuchillo y le rajé el gaznate, tardó un rato en ahogarse- Abrió la puerta y salió acercandose a Manuel, que estaba helado de miedo contra la pared- Ya solo quedaba un problema, Marcos. Dejó de ser el hijo perfecto cuando le arranqué la lengua y dejé que la infección lo matara. Y ¿cómo he sobrevivido? te preguntarás. Bien pues… – en ese momento se avalanzó contra Manuel.

El pequeño intentó escapar pero César ya estaba mordiendo su brazo. Un dolor horroroso se apoderó de él , intentó gritar pero en ese momento su garganta fue arrancada y solo pudo sentir como se ahogaba en su sangre mientras César se comía su brazo.

Al final sí le arrancaron el brazo, pero no fue su madre.

 

 

Irene Adler Spinelli

 

En la Vida y la Muerte

Se hizo tarde. Ella lo sabía, se lo habían dicho mil y una veces. Estate atenta, no seas una inconsciente. Siempre pensaba que su familia se preocupaba en exceso.

No pudo evitarlo, las luces del anochecer sobre esas montañas tenían algo que le absorbía completamente y aquello había removido algo especial en su mente.

Ya era completamente de noche, los pocos faroles que intentaban iluminar la pequeña ciudad ya estaban encendidos, creando sinuosas siluetas en sus tortuosas calles. Junto con una espesa niebla, que comenzaba a robar la ciudad, creaban un ambiente digno de una ciudad encantada, lo que hacía que su imaginación se disparase.
Fue al entrar en una pequeña calle, al lado de la catedral, cuando algo la hizo volver a su ser. Se paró en seco, esperó y lo volvió a oír. Tres golpes secos contra la pared. Pam, pam, pam. Se volvió enseguida y vio las siluetas alargadas y amenazantes de dos hombres. Pam, pam, pam. Dio media vuelta y aceleró el paso.

–Vamos, ya no queda nada para salir de aquí y llegar a casa –pensó angustiada.

Una risa le heló la sangre. Apareció una tercera figura delante de ella, cortándola el paso. No tenía salida, no había nadie para ayudarla. Su corazón palpitaba con fuerza, tenía mucho frío.

–Mira, parece que se ha perdido.

–No me he perdido, estoy llegando a casa, es tarde y me estarán buscando –dijo ella.

–No, no creo que te busquen. Ninguna familia decente dejaría a una muchacha como tú sola en la noche. A no ser que… –dijo uno de ellos mientras tocaba la mejilla a la muchacha.

Su corazón se iba a salir del pecho. Su cabeza intentaba pensar cómo huir de allí. Quería desaparecer, que se la tragase la tierra.

Uno de los hombres la empujó contra la pared de la catedral. Qué irónico –pensó ella por un momento–, el lugar sagrado donde supuestamente estaba su dios iba a convertirse en su propio infierno.

De repente sintió fuego en sus venas. Una furia que no recordaba haber sentido antes y de su garganta salió una carcajada. Una carcajada que habría hecho palidecer al mismísimo diablo.

¿De su garganta? Sí. Había salido de su cuerpo, pero aquella voz, casi gutural, no era la suya. Esa voz que ahora la susurraba en algún rincón de su mente que no se preocupara, que la diera libertad y ella la protegería.
Los hombres retrocedieron unos pasos desconcertados, mirándose entre ellos, tratando de convencerse de que ese sonido, que parecía de otro mundo, no había sido real. Uno de ellos volvió a agarrarla del brazo.
Todo se volvió rojo para ella. Fuego, solo sentía fuego y de repente… Nada.

Despertó en su cama. Pensó en la pesadilla tan extraña que había tenido porque, ¿qué si no iba a ser?
Salió de la habitación pero todo era silencio… ¿Qué pasaba? Fue al patio y allí estaba su familia comentando algo que había ocurrido. Se acercó a ellos.

–¡Ay hija! Menos mal que no te pasó nada –dijo su madre con un gran nerviosismo en la voz.

–No entiendo…

–Al parecer anoche murieron tres hombres. Los atacaron cruelmente y con saña. Tenían el rostro destrozado igual que la garganta, dicen que para que no gritaran de dolor, pero lo peor…

–¿Lo peor? –dijo la chica mientras su pulso comenzaba a acelerarse.

–Ay hija… ¡Dicen que tenían el corazón en las manos!

Palideció. No podía pensar. Tenía la imagen descrita en su retina, fija, indeleble.

–Pero… ¿Dónde? Madre… –consiguió decir.

–Aquí al lado, en la vida y la muerte.
En ese instante su corazón dejó de latir por un momento y una voz sonó con fuerza en su mente. Una voz ronca, fuerte. Una voz que ahora sí, al menos en parte, reconocía como parte de ella.

–Te dije que no te preocuparas. Yo siempre cuidare de ti. Aunque no te guste somos una, pero no las únicas.

Irene Adler Spinelli

La última cena

Era una noche fría de principios de invierno, los cristales de la pequeña casa de comidas comenzaban a enturbiarse, las calles comenzaban a quedarse solitarias y se antojaban aún más frías al alma.

Una mujer se acerca a un grupo de hombres que charlan despreocupados alrededor de la cena.

-Buenas noches señores- comenzó a hablar la mujer con suave y delicada voz- No se levanten -prosiguió- ¿Estaba todo a su gusto? No hace falta que contesten, se lo aseguro, déjenme comentarles una recomendación a mi humilde parecer- dijo la mujer con el mismo tono de voz, pero algo en su sonrisa, antes dulce, hizo que los hombres sintieran un escalofrío, ese rostro que hace un momento era bondadoso, ahora reflejaba el hielo de la muerte.

-Deberían hacer sus comentarios siendo más cautos, en esta cuidad las calles tienen ojos, las paredes oídos y nos conocemos todos. Nadie está libre de pecado y es lo que lo hace tan peligroso- la voz seguía siendo suave, pero el sonido de sus palabras contenían notas de veneno.

Los señores allí reunidos, atónitos, intentaron balbucear, pero con el destello de odio que despedían sus ojos, la mujer los silenció.

-No, por favor, no pongan cara de sorprendidos, tampoco intenten buscar palabras para desmentirlo, sé perfectamente lo que he oído. Tampoco pretendan excusarse, la pala manchada de barro y sangre no está en mis manos, al igual que el hoyo no fui yo quien lo cavó.

Frío , los señores que hace un momento charlaban y reían ahora solo tenían frío. No oían, no sentían, no se podían mover, en ese lugar tan solo había frío para ellos.

-¿Están escuchando?- Dijo la mujer.

Los hombres agudizaron al máximo sus sentidos pero no eran capaces de entender qué estaba sucediendo, solo sentían sus músculos helados y una sombra de miedo irracional comenzaba a calar profundamente en sus almas.

– ¿No? Las campanas tocan a muerte – Advirtió la mujer con una cruel sonrisa, el veneno en su mirada heló sus corazones – Acaben su cena y descansen. Mañana quiza no encuentren su ánima-

Irene Adler Spinelli